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jueves, 2 de diciembre de 2010

Vuelta a empezar

  Tengo calada hasta los huesos la sensación de que donde quiera que esté, estoy de paso.

  Voy rodando por aquí y por allá. Limitándome a estar.

  Más de dos años está durando ya esta nueva temporada.

  Me mudé y empecé a montar eso que llaman un hogar (el mío). Intentando disfrazar un piso frío y común en algún lugar en el que pareciera que vivía yo.

  No me lo terminaba de creer, en gran parte porque yo mismo no me lo permitía. "Al final todo termina", me decía. Aún así, compré alguna tontería en un vano intento de que ese espejismo tuviera algo de real: Un farolillo.

  Venía a ser mi versión de unas figuritas de Lladró. O un jarrón cualquiera.

  Con más obligación que ilusión, fui llenando la casa de "mis cosas":  La guitarra, mis discos, mis ordenadores...

  Esto empezaba a funcionar. Incluso compré, en un acto irracional de amo de casa, algun instrumento completamente prescindible pero utilísimo para la cocina. Incluso cabría decir que visito con cierta asiduidad la sección Hogar de los centros comerciales.
  En breve invitaría a mis amigos, a que vinieran a pasar algún fin de semana conmigo.

  Pues una vez más estoy haciendo las maletas. Llenando bolsas. Preparando bultos. Una vez más, estoy a las puertas de cambiar de nuevo mi rumbo. Cambiar de nuevo de trabajo, de barrio, de piso, de ciudad. De empezar de cero.

  Ya es mecánico. No pesa ni ilusiona. Simplemente ocurre. Es parte de mi rutina vital. Llegar, estar, partir, empezar... Es como vivir en un tren: Lo único que me acompaña soy yo mismo. Absolutamente todo lo demás son decorados que van cambiando con las circunstancias.

  Sólo me queda esperar los acontecimientos, y acomodarme lo mejor que pueda en este nuevo vagón que me llevará a algún otro sitio. Como siempre, desconocido y, como siempre, de paso.

  Viajeros al tren.

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Miguel Rios - El blues del autobus.
Miguel Rios - Voy en tren.
Los Suaves - Otra noche, otra ciudad.

martes, 14 de septiembre de 2010

No tengo ni idea

  "Esas cosas las da la vida", "Con los años se aprende", "El tiempo te lo dirá".... etc.

  Todos desde siempre me han ido creando la ilusión de que un ente ajeno a mí, terminará por imbuirme del conocimiento necesario para ir tomando correctamente mis decisiones.

  La verdad es que, ahora que ya llevo durando unos pocos años por este mundo, me paro y sigo sin tener ni idea de qué hacer. No me visitó ningún hada, dios, arcángel o espíritu. Nada ni nadie me ha dicho nunca cómo acertar. No hay método. Ni garantías, claro.

  Sí, tengo trazas, intuiciones, someros trozos de razón que parecen decirme qué hacer, hacia donde ir. Pero poco o nada tienen que ver con la realidad. Son percepciones subjetivas, sutiles, sesgadas y partidistas. Todo queda muy lejos de los hechos.

  También es cierto que tengo mi albedrío, pero ¿qué es si no una manera más de equivocarse o acertar? "Albedrío" no es más que otro camino para meter la pata. Por propia voluntad.
  No sirve. Y no sirve porque, aunque hayas errado y aprendido, no vale de mucho. No ocurrirá dos veces exactamente lo mismo, así que no valdrá dos veces la misma decisión ni la opuesta. Como decía antes, no tienes más que meras aproximaciones a lo desconocido.

  Así, toda tu vida entera se convierte en una prueba de laboratorio perpetua. Un experimento previo al ensayo real, que será la siguiente decisión. Y una vez tomada esa decisión, sea cual sea, instantáneamente se convertira en un dato más para el siguiente experimento, conducente a resolver el siguiente dilema. Y así por siempre.

  Y si alguien tiene la respuesta, por favor, que levante la mano.

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Van Morrison - Really don't know

sábado, 13 de febrero de 2010

Sopa o teta

  La vida entera llevo queriendo lo que no puedo tener.

  Como dijo alguien "el hombre es el único animal inconsolable por naturaleza". Cierto. Lo curioso es que el hombre parecía ser el único animal consolable.

  Eso deja en muy mal lugar al consuelo.

  Hay pocas, muy pocas cosas que realmente quiera. Eso viene a ser una ventaja.

  El problema llega cuando sabes que algunas de esas cosas que quieres con toda tu alma, jamás nunca las tendrás.
  Pero las sigues queriendo.

  Por más años que pasen, por muy claro que lo veas. Aunque lo entiendas. Incluso sabiendo que es lo mejor que podía pasar. Aún así las quieres. Al menos, te sigues descubriendo imaginando a qué sabrá ese caramelo que nunca probarás.

  Harto de esperar, o más bien desesperar, te das cuenta de que te irá mejor poniendo rumbo a otros puertos. Y sueltas amarras, largas velas y empiezas de nuevo. Como siempre, sin tripulación.

  Y te das cuenta de que eres más libre que nunca, más libre que nadie. Tú eres tu propio señor. Decides tu destino a cada instante. Y lo sientes más aún cuando el viento te da en la cara, cuando alguna tomenta te azota... y ganas.

  Entonces gritas, ríes y saltas. Y te das cuenta de que tu libertad es lo que más quieres en este mundo. Por fín lo tienes claro. Te quedarás para siempre en mar abierto.

  Te duermes, sueñas, recuerdas, añoras.... y quieres compartir esa libertad con alguien. Quieres llegar a algún puerto, contar tus aventuras y escuchar otras.

  Y aquí está la paradoja: No hay puertos en mar abierto. El mero hecho de compartir esa libertad la limita. Cualquier compañero de vieje tiene voz y voto. De otro modo, sería un prisionero.

  Ahora elige:

  A un lado Asia
al otro Europa
y al frente....

  Al frente estás tú.

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Los Suaves. Santa Compaña - Si pudiera.

domingo, 24 de enero de 2010

Plan B

Desde siempre, desde pequeños, desde el principio, nos meten la idea en la cabeza de que todo saldrá bien. De una manera sutil, sibilina, imperceptible, subliminal. Pero inexorable en indeleble.

Si somos buenos (y todos lo somos) obtendremos la recompensa de turno: Por haber estudiado, tendremos un buen futuro; gracias al trabajo de toda una vida, tendremos un buen retiro.

Y así lo creemos, a pies juntillas.

Y nos dejamos la piel estudiando algo que ni nos gusta. Con mucho esfuerzo y sacrificio, al final, tenemos nuestra recompensa y nos dan un título, el que sea. Y lo guardamos y mostramos con el orgullo que implica lo sufrido. No por lo que el título en sí significa. Y empezamos a creer que es verdad, que el sistema funciona.

Luego llega el tiempo de seguir sufriendo por el ansiado trabajo. Prácticas interminables, becas esclavistas y trabajos rayanos en la ilegalidad. Y lo soportamos con entereza, pensando en el buen puesto que nos espera en pago de tantos trabajos.

Creemos la que física elemental, con su principio de acción y reacción, también rige en estos menesteres. Que a un sacrificio, un esfuerzo, un sufrimiento, indefectiblemente, le acompaña la recompensa.

Solemos dar cosas por hecho. Muchas cosas. Casi todas. Estamos completamente seguros de lo que ocurrirá. Y de que merecerá la pena.

Tenemos asumido que, tras mucho esfuerzo, se consigue algo bueno. Invariablemente.

Pero no caemos en la cuenta de que esto no siempre es así. En ningún sitio se garantiza que las cosas sean así. También hay acontecimientos, hechos, accidentes. Ajenos a nosotros. Imprevistos. Letales.

Nunca pensamos en Andrew, Katrina, Chernobil, un tsunami, un terremoto haitiano o alguna oportunista guerra.

Tampoco hace falta llegar a tanto. Estos eventos pueden ser mucho más concretos. Tener nombre y apellidos.
Peor aún, puede que ni siquiera los haya. Entonces tampoco tendrás una triste razón que justifique nada. Puede que, simplemente, no ocurra lo que dabas por hecho que tenía que ocurrir.

Todo puede irse a la mierda, en medio segundo. Todo puede desaparecer. En ese preciso instante, toda tu vida puede diluirse sin remedio en la nada. No habrá recompensa.


¿Y si ocurre? ¿Tienes un plan B?