Eres la luz que ilumina mis trémulos pasos. La que sin querer me empuja hacia adelante con sólo estar. La que me hace grande y poderoso.
Te has convertido, sin pretenderlo tú ni quererlo yo, en la persona con la quiero recorrer esta vida mientras pueda. Lo que me faltaba y que no sabía lo que era. Porque yo sin ti.....
Una mierda.
Así han empezado (y empezarán) miles, millones, de historias que, más temprano que tarde, terminarán con el membrete del Ministerio de Justicia.
Un tercero, ajeno y necesario, terminará por impartir justicia y decidir quién es el más malo de los dos. Quién se queda con el perro, el coche y/o el piso.
Y, de paso, les dará un fabuloso arma: Los hijos.
Con ella podrán guerrear durante, al menos, 18 añitos (prisión mayor). Que dan para mucho.
En aras de su bien, de los niños, empezarán a sacarse los ojos. A pedir manutenciones de colegios carísimos que nunca hicieron falta hasta entonces; a ir corriendo al juez para contarle que ayer devolvieron a su hijo diez minutos tarde; comportándose como si ese hijo fuera, de repente, tan sólo de uno de ellos... Y, probablemente, también comience el lavado de cerebro para hacerle ver lo malvado que es el otro. Lo cual deja en muy mal lugar a uno mismo; porque, ese otro, no mucho tiempo atrás, le escribía o inspiraba las líneas del principio.
"Nada hay permanente, excepto el cambio". Es cierto.
Pero una cosa es que una pera madure para estar más buena, y otra muy distinta es que nuestro super héroe particular, invencible e inspirador, se convierta en un pequeño cubo de estiercol.
Una cosa es "cambiar" y otra es "transformarse".
Pero puede que el problema no sea del otro, sino nuestro.
Puede que, simplemente, no quisimos ver qué guardaba la cáscara, y dimos el libro por bueno con sólo ver el lomo. Por miedo a saber qué había dentro, por las prisas, por viver en Nunca jamás... Quién sabe.
Puede que albergásemos la falsa y peligrosísima esperanza de cambiarle con el tiempo. De pasar por alto esos detalles irritantes, insoportables y que, al fin y a la postre, también conforman esa persona que has elegido. Que la hace única entre todas las demás.
Ahora no vale tirarlo todo por la borda, quedarte con lo que te interese y pretender que no ha pasado nada. Te toca apencar con lo que tú has elegido y salir adelante de la mejor manera posible. Para todos.
No te queda otra que seguir viviendo, por eso te interesa que sea lo mejor posible.
... y me preguntan por qué no tengo novia.
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Tonino Carotone - Me cago en el amor.
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martes, 12 de julio de 2011
martes, 14 de septiembre de 2010
No tengo ni idea
"Esas cosas las da la vida", "Con los años se aprende", "El tiempo te lo dirá".... etc.
Todos desde siempre me han ido creando la ilusión de que un ente ajeno a mí, terminará por imbuirme del conocimiento necesario para ir tomando correctamente mis decisiones.
La verdad es que, ahora que ya llevo durando unos pocos años por este mundo, me paro y sigo sin tener ni idea de qué hacer. No me visitó ningún hada, dios, arcángel o espíritu. Nada ni nadie me ha dicho nunca cómo acertar. No hay método. Ni garantías, claro.
Sí, tengo trazas, intuiciones, someros trozos de razón que parecen decirme qué hacer, hacia donde ir. Pero poco o nada tienen que ver con la realidad. Son percepciones subjetivas, sutiles, sesgadas y partidistas. Todo queda muy lejos de los hechos.
También es cierto que tengo mi albedrío, pero ¿qué es si no una manera más de equivocarse o acertar? "Albedrío" no es más que otro camino para meter la pata. Por propia voluntad.
No sirve. Y no sirve porque, aunque hayas errado y aprendido, no vale de mucho. No ocurrirá dos veces exactamente lo mismo, así que no valdrá dos veces la misma decisión ni la opuesta. Como decía antes, no tienes más que meras aproximaciones a lo desconocido.
Así, toda tu vida entera se convierte en una prueba de laboratorio perpetua. Un experimento previo al ensayo real, que será la siguiente decisión. Y una vez tomada esa decisión, sea cual sea, instantáneamente se convertira en un dato más para el siguiente experimento, conducente a resolver el siguiente dilema. Y así por siempre.
Y si alguien tiene la respuesta, por favor, que levante la mano.
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Van Morrison - Really don't know
Todos desde siempre me han ido creando la ilusión de que un ente ajeno a mí, terminará por imbuirme del conocimiento necesario para ir tomando correctamente mis decisiones.
La verdad es que, ahora que ya llevo durando unos pocos años por este mundo, me paro y sigo sin tener ni idea de qué hacer. No me visitó ningún hada, dios, arcángel o espíritu. Nada ni nadie me ha dicho nunca cómo acertar. No hay método. Ni garantías, claro.
Sí, tengo trazas, intuiciones, someros trozos de razón que parecen decirme qué hacer, hacia donde ir. Pero poco o nada tienen que ver con la realidad. Son percepciones subjetivas, sutiles, sesgadas y partidistas. Todo queda muy lejos de los hechos.
También es cierto que tengo mi albedrío, pero ¿qué es si no una manera más de equivocarse o acertar? "Albedrío" no es más que otro camino para meter la pata. Por propia voluntad.
No sirve. Y no sirve porque, aunque hayas errado y aprendido, no vale de mucho. No ocurrirá dos veces exactamente lo mismo, así que no valdrá dos veces la misma decisión ni la opuesta. Como decía antes, no tienes más que meras aproximaciones a lo desconocido.
Así, toda tu vida entera se convierte en una prueba de laboratorio perpetua. Un experimento previo al ensayo real, que será la siguiente decisión. Y una vez tomada esa decisión, sea cual sea, instantáneamente se convertira en un dato más para el siguiente experimento, conducente a resolver el siguiente dilema. Y así por siempre.
Y si alguien tiene la respuesta, por favor, que levante la mano.
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Van Morrison - Really don't know
viernes, 4 de junio de 2010
Sí o no
Semanas llevaba pensando en esta acampada.
Al contrario de lo que podría parecer, con más ilusión cada día. Porque cada día es más probable que sea la última que haga.
Como siempre, y cada vez más, ha sido difícil. Dificil de encontrar los días, de poner de acuerdo a la gente. Unos se iban descolgando y tenía que ir buscando otros. Y todos con sus condiciones y reticencias. No ha sido fácil.
Pero al fín me iba. Ya olía la sierra, los pinos, notaba el sol quemándome la nuca y los kilos de la mochila.
A menos de un día de irme, con una simple llamada de teléfono, me dinamitan la acampada y aquí estoy, desmontando la mochila que con tanta ilusión he estado preparando todos estos días.
Para ser sincero, esta vez me ha dolido menos por dos motivos: El compañero ya me había gastado la misma jugada otra vez, y tampoco daba por hecho, ni por seguro, que me fuera. Como así ha sido al final.
Ahora sólo me queda relfexionar.
A la vista está que cada vez es más dificil, mucho más dificil, irme al campo, con mi mochila. Un simple fin de semana se antoja a estas alturas casi inasumible. No digamos juntar tres o cuatro días en la sierra, pateando montes, veredas, cortafuegos y caminos.
La gente es demasiado cómoda. Hasta límites que nunca imaginé. Salvo algunas excepciones que son entendibles, de sentido común.
Prefieren desperdiciar un puente o unas vacaciones, yéndose de cañas y tapitas, exactamente igual que hacen el resto de días de su anodina existencia. Se les antoja descabellado emplear un par de días en hacer algún esfuerzo, por mínimo que sea. Tener que caminar diez minutos para recoger agua, buscar y partir leña o, simplemente, tener que llevar su comida a cuestas. Es mejor que te traigan la tapa, caliente, desde la cocina hasta tu propia mesa. Pagas y en paz.
Y ante esto tengo que posicionarme. Tan sólo tengo dos opciones:
- Me resigno y asumo que nunca volveré a la sierra. Me deshago de todo el material que he ido acumulando (con esfuerzo) a lo largo de tantos años y me convierto en otro ser anodino y gris que emplea su tiempo libre en ir de bar en bar, tomando tapitas.
- O me revelo y me voy a la montaña. Haciendo caso omiso a una de mis premisas básicas: A la montaña NO SE VA SOLO.
Pues en esas estamos, pensando si sí o si no.
Al contrario de lo que podría parecer, con más ilusión cada día. Porque cada día es más probable que sea la última que haga.
Como siempre, y cada vez más, ha sido difícil. Dificil de encontrar los días, de poner de acuerdo a la gente. Unos se iban descolgando y tenía que ir buscando otros. Y todos con sus condiciones y reticencias. No ha sido fácil.
Pero al fín me iba. Ya olía la sierra, los pinos, notaba el sol quemándome la nuca y los kilos de la mochila.
A menos de un día de irme, con una simple llamada de teléfono, me dinamitan la acampada y aquí estoy, desmontando la mochila que con tanta ilusión he estado preparando todos estos días.
Para ser sincero, esta vez me ha dolido menos por dos motivos: El compañero ya me había gastado la misma jugada otra vez, y tampoco daba por hecho, ni por seguro, que me fuera. Como así ha sido al final.
Ahora sólo me queda relfexionar.
A la vista está que cada vez es más dificil, mucho más dificil, irme al campo, con mi mochila. Un simple fin de semana se antoja a estas alturas casi inasumible. No digamos juntar tres o cuatro días en la sierra, pateando montes, veredas, cortafuegos y caminos.
La gente es demasiado cómoda. Hasta límites que nunca imaginé. Salvo algunas excepciones que son entendibles, de sentido común.
Prefieren desperdiciar un puente o unas vacaciones, yéndose de cañas y tapitas, exactamente igual que hacen el resto de días de su anodina existencia. Se les antoja descabellado emplear un par de días en hacer algún esfuerzo, por mínimo que sea. Tener que caminar diez minutos para recoger agua, buscar y partir leña o, simplemente, tener que llevar su comida a cuestas. Es mejor que te traigan la tapa, caliente, desde la cocina hasta tu propia mesa. Pagas y en paz.
Y ante esto tengo que posicionarme. Tan sólo tengo dos opciones:
- Me resigno y asumo que nunca volveré a la sierra. Me deshago de todo el material que he ido acumulando (con esfuerzo) a lo largo de tantos años y me convierto en otro ser anodino y gris que emplea su tiempo libre en ir de bar en bar, tomando tapitas.
- O me revelo y me voy a la montaña. Haciendo caso omiso a una de mis premisas básicas: A la montaña NO SE VA SOLO.
Pues en esas estamos, pensando si sí o si no.
sábado, 13 de febrero de 2010
Sopa o teta
La vida entera llevo queriendo lo que no puedo tener.
Como dijo alguien "el hombre es el único animal inconsolable por naturaleza". Cierto. Lo curioso es que el hombre parecía ser el único animal consolable.
Eso deja en muy mal lugar al consuelo.
Hay pocas, muy pocas cosas que realmente quiera. Eso viene a ser una ventaja.
El problema llega cuando sabes que algunas de esas cosas que quieres con toda tu alma, jamás nunca las tendrás.
Pero las sigues queriendo.
Por más años que pasen, por muy claro que lo veas. Aunque lo entiendas. Incluso sabiendo que es lo mejor que podía pasar. Aún así las quieres. Al menos, te sigues descubriendo imaginando a qué sabrá ese caramelo que nunca probarás.
Harto de esperar, o más bien desesperar, te das cuenta de que te irá mejor poniendo rumbo a otros puertos. Y sueltas amarras, largas velas y empiezas de nuevo. Como siempre, sin tripulación.
Y te das cuenta de que eres más libre que nunca, más libre que nadie. Tú eres tu propio señor. Decides tu destino a cada instante. Y lo sientes más aún cuando el viento te da en la cara, cuando alguna tomenta te azota... y ganas.
Entonces gritas, ríes y saltas. Y te das cuenta de que tu libertad es lo que más quieres en este mundo. Por fín lo tienes claro. Te quedarás para siempre en mar abierto.
Te duermes, sueñas, recuerdas, añoras.... y quieres compartir esa libertad con alguien. Quieres llegar a algún puerto, contar tus aventuras y escuchar otras.
Y aquí está la paradoja: No hay puertos en mar abierto. El mero hecho de compartir esa libertad la limita. Cualquier compañero de vieje tiene voz y voto. De otro modo, sería un prisionero.
Ahora elige:
A un lado Asia
al otro Europa
y al frente....
Al frente estás tú.
-------------
Los Suaves. Santa Compaña - Si pudiera.
Como dijo alguien "el hombre es el único animal inconsolable por naturaleza". Cierto. Lo curioso es que el hombre parecía ser el único animal consolable.
Eso deja en muy mal lugar al consuelo.
Hay pocas, muy pocas cosas que realmente quiera. Eso viene a ser una ventaja.
El problema llega cuando sabes que algunas de esas cosas que quieres con toda tu alma, jamás nunca las tendrás.
Pero las sigues queriendo.
Por más años que pasen, por muy claro que lo veas. Aunque lo entiendas. Incluso sabiendo que es lo mejor que podía pasar. Aún así las quieres. Al menos, te sigues descubriendo imaginando a qué sabrá ese caramelo que nunca probarás.
Harto de esperar, o más bien desesperar, te das cuenta de que te irá mejor poniendo rumbo a otros puertos. Y sueltas amarras, largas velas y empiezas de nuevo. Como siempre, sin tripulación.
Y te das cuenta de que eres más libre que nunca, más libre que nadie. Tú eres tu propio señor. Decides tu destino a cada instante. Y lo sientes más aún cuando el viento te da en la cara, cuando alguna tomenta te azota... y ganas.
Entonces gritas, ríes y saltas. Y te das cuenta de que tu libertad es lo que más quieres en este mundo. Por fín lo tienes claro. Te quedarás para siempre en mar abierto.
Te duermes, sueñas, recuerdas, añoras.... y quieres compartir esa libertad con alguien. Quieres llegar a algún puerto, contar tus aventuras y escuchar otras.
Y aquí está la paradoja: No hay puertos en mar abierto. El mero hecho de compartir esa libertad la limita. Cualquier compañero de vieje tiene voz y voto. De otro modo, sería un prisionero.
Ahora elige:
A un lado Asia
al otro Europa
y al frente....
Al frente estás tú.
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Los Suaves. Santa Compaña - Si pudiera.