Semanas llevaba pensando en esta acampada.
Al contrario de lo que podría parecer, con más ilusión cada día. Porque cada día es más probable que sea la última que haga.
Como siempre, y cada vez más, ha sido difícil. Dificil de encontrar los días, de poner de acuerdo a la gente. Unos se iban descolgando y tenía que ir buscando otros. Y todos con sus condiciones y reticencias. No ha sido fácil.
Pero al fín me iba. Ya olía la sierra, los pinos, notaba el sol quemándome la nuca y los kilos de la mochila.
A menos de un día de irme, con una simple llamada de teléfono, me dinamitan la acampada y aquí estoy, desmontando la mochila que con tanta ilusión he estado preparando todos estos días.
Para ser sincero, esta vez me ha dolido menos por dos motivos: El compañero ya me había gastado la misma jugada otra vez, y tampoco daba por hecho, ni por seguro, que me fuera. Como así ha sido al final.
Ahora sólo me queda relfexionar.
A la vista está que cada vez es más dificil, mucho más dificil, irme al campo, con mi mochila. Un simple fin de semana se antoja a estas alturas casi inasumible. No digamos juntar tres o cuatro días en la sierra, pateando montes, veredas, cortafuegos y caminos.
La gente es demasiado cómoda. Hasta límites que nunca imaginé. Salvo algunas excepciones que son entendibles, de sentido común.
Prefieren desperdiciar un puente o unas vacaciones, yéndose de cañas y tapitas, exactamente igual que hacen el resto de días de su anodina existencia. Se les antoja descabellado emplear un par de días en hacer algún esfuerzo, por mínimo que sea. Tener que caminar diez minutos para recoger agua, buscar y partir leña o, simplemente, tener que llevar su comida a cuestas. Es mejor que te traigan la tapa, caliente, desde la cocina hasta tu propia mesa. Pagas y en paz.
Y ante esto tengo que posicionarme. Tan sólo tengo dos opciones:
- Me resigno y asumo que nunca volveré a la sierra. Me deshago de todo el material que he ido acumulando (con esfuerzo) a lo largo de tantos años y me convierto en otro ser anodino y gris que emplea su tiempo libre en ir de bar en bar, tomando tapitas.
- O me revelo y me voy a la montaña. Haciendo caso omiso a una de mis premisas básicas: A la montaña NO SE VA SOLO.
Pues en esas estamos, pensando si sí o si no.
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viernes, 4 de junio de 2010
sábado, 13 de febrero de 2010
Sopa o teta
La vida entera llevo queriendo lo que no puedo tener.
Como dijo alguien "el hombre es el único animal inconsolable por naturaleza". Cierto. Lo curioso es que el hombre parecía ser el único animal consolable.
Eso deja en muy mal lugar al consuelo.
Hay pocas, muy pocas cosas que realmente quiera. Eso viene a ser una ventaja.
El problema llega cuando sabes que algunas de esas cosas que quieres con toda tu alma, jamás nunca las tendrás.
Pero las sigues queriendo.
Por más años que pasen, por muy claro que lo veas. Aunque lo entiendas. Incluso sabiendo que es lo mejor que podía pasar. Aún así las quieres. Al menos, te sigues descubriendo imaginando a qué sabrá ese caramelo que nunca probarás.
Harto de esperar, o más bien desesperar, te das cuenta de que te irá mejor poniendo rumbo a otros puertos. Y sueltas amarras, largas velas y empiezas de nuevo. Como siempre, sin tripulación.
Y te das cuenta de que eres más libre que nunca, más libre que nadie. Tú eres tu propio señor. Decides tu destino a cada instante. Y lo sientes más aún cuando el viento te da en la cara, cuando alguna tomenta te azota... y ganas.
Entonces gritas, ríes y saltas. Y te das cuenta de que tu libertad es lo que más quieres en este mundo. Por fín lo tienes claro. Te quedarás para siempre en mar abierto.
Te duermes, sueñas, recuerdas, añoras.... y quieres compartir esa libertad con alguien. Quieres llegar a algún puerto, contar tus aventuras y escuchar otras.
Y aquí está la paradoja: No hay puertos en mar abierto. El mero hecho de compartir esa libertad la limita. Cualquier compañero de vieje tiene voz y voto. De otro modo, sería un prisionero.
Ahora elige:
A un lado Asia
al otro Europa
y al frente....
Al frente estás tú.
-------------
Los Suaves. Santa Compaña - Si pudiera.
Como dijo alguien "el hombre es el único animal inconsolable por naturaleza". Cierto. Lo curioso es que el hombre parecía ser el único animal consolable.
Eso deja en muy mal lugar al consuelo.
Hay pocas, muy pocas cosas que realmente quiera. Eso viene a ser una ventaja.
El problema llega cuando sabes que algunas de esas cosas que quieres con toda tu alma, jamás nunca las tendrás.
Pero las sigues queriendo.
Por más años que pasen, por muy claro que lo veas. Aunque lo entiendas. Incluso sabiendo que es lo mejor que podía pasar. Aún así las quieres. Al menos, te sigues descubriendo imaginando a qué sabrá ese caramelo que nunca probarás.
Harto de esperar, o más bien desesperar, te das cuenta de que te irá mejor poniendo rumbo a otros puertos. Y sueltas amarras, largas velas y empiezas de nuevo. Como siempre, sin tripulación.
Y te das cuenta de que eres más libre que nunca, más libre que nadie. Tú eres tu propio señor. Decides tu destino a cada instante. Y lo sientes más aún cuando el viento te da en la cara, cuando alguna tomenta te azota... y ganas.
Entonces gritas, ríes y saltas. Y te das cuenta de que tu libertad es lo que más quieres en este mundo. Por fín lo tienes claro. Te quedarás para siempre en mar abierto.
Te duermes, sueñas, recuerdas, añoras.... y quieres compartir esa libertad con alguien. Quieres llegar a algún puerto, contar tus aventuras y escuchar otras.
Y aquí está la paradoja: No hay puertos en mar abierto. El mero hecho de compartir esa libertad la limita. Cualquier compañero de vieje tiene voz y voto. De otro modo, sería un prisionero.
Ahora elige:
A un lado Asia
al otro Europa
y al frente....
Al frente estás tú.
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Los Suaves. Santa Compaña - Si pudiera.