domingo, 13 de junio de 2010

Increíblemente

  Sí. Aún tiene una mirada contagiosamente alegre.


  Con todo lo ocurrido, aún le queda algo dentro que le empuja a seguir adelante. A duras penas.


  Hemos hablado de su omnipresente tenis, de saques, liftados, reveses y mil cosas más. También durante un largo rato del pasado. Evocando recuerdos de todos los que ya no están, recorriendo pasillos y habitaciones ahora desiertos. Trayendo a la memoria imágenes y situaciones para tragárselas con amargura un rato después.

 Pero ha merecido la pena. Mucho.


  Le he arrancado alguna sonrisa, por un instante casi se sustrae de todo lo que le rodea. Casi se ha sentido bien.


  No es poco.

   También ha habido tiempo para hablar del futuro, que pinta bastante oscuro. Pero entre todos han salido algunas ideas que le pueden venir bien.

  Hoy ha empezado el resto de su vida más que nunca, y así lo vé. Espero y deseo de todo corazón que se reponga de ésta, que la vida se muestre algo más benévola y clemente con él, y le dé tregua. Que le permita vivir. Que de eso se trata.


  Ánimo.

-------------
Antonio Flores - Arriba los corazones.

sábado, 12 de junio de 2010

Qué puta es la vida

  Tengo un amigo.

  Es un tipo afable, bonachón, sincero, trabajador, honrado y amigo de sus amigos. Tiene debilidad por el tenis. Devora libros sin compasión y le encanta aprender cosas. No le gustan las medias tintas ni los problemas y camina por la vida tranquilo, a su aire, sin hacer daño a nadie.

  Le envuelve un acento que confunde a los necios, que no pasan de gazmoños trasnochados, que le dan por inculto o inferior. Craso error. Pero ese es su problema. De ellos.

  Pues este amigo mío tiene una mirada contagiosamente alegre e inexplicablemente llena de vida. Porque ya ha visto mucha muerte.

  Este buen hombre se ha pasado la vida encajando durísimos golpes. El más reciente hace unos días.
  En sus veintitantos años, ha enterrado a los más queridos de los suyos y, el consuelo que queda, es que quedan menos que enterrar. Menos golpes por venir.

  La mayor parte de estas bajas han sido crueles, dolorosas y, como todas, injustas. Sin tiempo para rehacerse entre ellas. Sin tregua.

  Ayer estuve más de sesenta kilómetros pensando en él, mientras venía a mi ciudad para verle y charlar un rato.

  No logro entender por qué la vida demuestra esta saña con él. Aunque suene a tópio, no se lo merece. Ni él ni muchos de los que se fueron.

  No es justo. En el sentido universal de justicia. Lo que tú y yo entendemos por justo. Bisoños conceptos religiosos, metafóricos, éticos o judiciales a parte.

  No puedo imaginar lo que debe haber sentido cuando todo hubo terminado. Cuando los amigos y familiares hayan vuelto a sus casas, con los suyos. Cuando la deshumanizada locura administrativa hubo terminado. Cuando él volviera a su casa.
  Ese instante en que cerró la puerta tras de sí, enfrentándose a solas con una enorme casa, otrora llena de los suyos, ahora vacía. El último acaba de irse.

  No es justo. De ninguna manera.

  Me lo imagino llorando, a solas por fuerza y a oscuras por gusto o quizá por necesidad.

  Hoy lo veré un rato, después de todo lo ocurrido. Quiero ver su mirada.

-------------
091 - La vida qué mala es
Pachelbel - Canon para piano

viernes, 4 de junio de 2010

Sí o no

  Semanas llevaba pensando en esta acampada.

  Al contrario de lo que podría parecer, con más ilusión cada día. Porque cada día es más probable que sea la última que haga.

  Como siempre, y cada vez más, ha sido difícil. Dificil de encontrar los días, de poner de acuerdo a la gente. Unos se iban descolgando y tenía que ir buscando otros. Y todos con sus condiciones y reticencias. No ha sido fácil.

  Pero al fín me iba. Ya olía la sierra, los pinos, notaba el sol quemándome la nuca y los kilos de la mochila.

  A menos de un día de irme, con una simple llamada de teléfono, me dinamitan la acampada y aquí estoy, desmontando la mochila que con tanta ilusión he estado preparando todos estos días.

  Para ser sincero, esta vez me ha dolido menos por dos motivos: El compañero ya me había gastado la misma jugada otra vez, y tampoco daba por hecho, ni por seguro, que me fuera. Como así ha sido al final.

  Ahora sólo me queda relfexionar.

  A la vista está que cada vez es más dificil, mucho más dificil, irme al campo, con mi mochila. Un simple fin de semana se antoja a estas alturas casi inasumible. No digamos juntar tres o cuatro días en la sierra, pateando montes, veredas, cortafuegos y caminos.

  La gente es demasiado cómoda. Hasta límites que nunca imaginé. Salvo algunas excepciones que son entendibles, de sentido común.

  Prefieren desperdiciar un puente o unas vacaciones, yéndose de cañas y tapitas, exactamente igual que hacen el resto de días de su anodina existencia. Se les antoja descabellado emplear un par de días en hacer algún esfuerzo, por mínimo que sea. Tener que caminar diez minutos para recoger agua, buscar y partir leña o, simplemente, tener que llevar su comida a cuestas. Es mejor que te traigan la tapa, caliente, desde la cocina hasta tu propia mesa. Pagas y en paz.

  Y ante esto tengo que posicionarme. Tan sólo tengo dos opciones:

  - Me resigno y asumo que nunca volveré a la sierra. Me deshago de todo el material que he ido acumulando (con esfuerzo) a lo largo de tantos años y me convierto en otro ser anodino y gris que emplea su tiempo libre en ir de bar en bar, tomando tapitas.
  - O me revelo y me voy a la montaña. Haciendo caso omiso a una de mis premisas básicas: A la montaña NO SE VA SOLO.

  Pues en esas estamos, pensando si sí o si no.