...que nunca haremos.
Todas las buenas intenciones, los gestos y las palabras reconfortantes que no diremos y que nadie sentirá. Que nadie agradecerá.
Es mentira, la intención no cuenta.
De buenas y malas intenciones está el mundo lleno. Grandes proyectos, promesas incumplibles o no, que nunca dejarán de serlo.
Grandes venganzas, envidias, trampas y traiciones que, por suerte, tampoco lo serán jamás.
Los grandes planes con que adornamos nuestras grandes esperanzas son los que endulzan nuestra impotencia o desidia. Lo que nos hace sentir mejores que el de enfrente, porque tenemos "esa gran idea" que algún día haremos realidad.
Y seguimos soñando. No dejamos de parir nuevas criaturas que nunca llenan nuestra cabeza. Y dando forma a lo informe. Sopesando pros y contras de situaciones a las que nunca daremos pié para existir. Porque somos demasiado cobardes para conseguir lo que imaginamos o soñanos.
Sintiéndonos mejores al rumiar una idea que nadie conoce, que a nadie importa.
Nadie brilla. Los que más, deslumbran. Con la intención de cegar, de que no les veamos a ellos y descubramos que tras esa luz, hay un ser común y pedestre como cualquier otro. Y la mayoría se aprovecha de esa luz, a expensas de no gastar la propia. Probablemente porque no la tenga.
Pero nos sentimos mejor. Al ver que alguien tuvo los arrestos de pelear por su idea, por su sueño, creemos que nos pone más cerca de conseguir los propios. Nos decimos "si él ha podido, ¿por qué no yo?"
Y el tiempo pasa, y al final te das cuenta de que la vida es aquello que nos pasa mientras hacemos grandes planes.