martes, 26 de enero de 2010

Hoy no quiero verte

Y no significa que ya no te quiera.

Tampoco necesitamos hablarlo ni aclararlo. Porque no significa nada. Tan solo, hoy no quiero verte.

Igual que no quiero estar siempre en un concierto, durmiendo o borracho. Necesito poder echarte de menos de vez en cuando.

Nunca pretendí convertirte, ni quise que te convirtieras, en el aire que respiro. Aunque te quiera lo mismo o más. No se trata de batir ninguna marca de permanencia ni de estar más juntos que nadie. No es eso. No quiero ser una pareja ideal. Me basta con esa sonrisa tuya de "todo va bien". Con encontrar tu mirada en una tormenta de caras desconocidas y saber que estás tan harta como yo, y que nos vamos a casa. El sentimiento de saberte cerca, de mi parte. Y yo de la tuya, a tu lado.

Me gusta.

Me gustas.

La vida se soporta mucho mejor contigo. Es igual de ruin y cobarde, pero las heridas y las miserias duelen menos si tú me ayudas a curarlas.

Estoy convencido de que quiero seguir navegando contigo mañana, aunque haya tormenta, aunque no tengamos puerto. Aunque perdamos de nuevo las velas y vayamos a la deriva, pero juntos.

Aún así, hoy no quiero verte.

No hay "otra". No tengo ninguna aventura, no ha cambiado nada, no se ha roto nada. Y no te miento.

Hoy quiero mirar a mi alrededor y ver solo el mundo, sólo.

Quiero volver a sentir el calor del hogar, cuando se vuelve de una cruda noche de nieve. Dejar el invierno puertas a fuera y acurrucarme en tu primavera. Encontrar el leve rastro de tu olor colgando del aire, tu disco favorito llenando la casa, ver tus pies con sus calcetines gigantes de lana, bajando a saltos la escalera. Y tu abrazo, que cura todo.

Quizá por esto hoy no quiera verte.

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Cómplices. Cousas de meigas - Hoy necesito.

domingo, 24 de enero de 2010

Plan B

Desde siempre, desde pequeños, desde el principio, nos meten la idea en la cabeza de que todo saldrá bien. De una manera sutil, sibilina, imperceptible, subliminal. Pero inexorable en indeleble.

Si somos buenos (y todos lo somos) obtendremos la recompensa de turno: Por haber estudiado, tendremos un buen futuro; gracias al trabajo de toda una vida, tendremos un buen retiro.

Y así lo creemos, a pies juntillas.

Y nos dejamos la piel estudiando algo que ni nos gusta. Con mucho esfuerzo y sacrificio, al final, tenemos nuestra recompensa y nos dan un título, el que sea. Y lo guardamos y mostramos con el orgullo que implica lo sufrido. No por lo que el título en sí significa. Y empezamos a creer que es verdad, que el sistema funciona.

Luego llega el tiempo de seguir sufriendo por el ansiado trabajo. Prácticas interminables, becas esclavistas y trabajos rayanos en la ilegalidad. Y lo soportamos con entereza, pensando en el buen puesto que nos espera en pago de tantos trabajos.

Creemos la que física elemental, con su principio de acción y reacción, también rige en estos menesteres. Que a un sacrificio, un esfuerzo, un sufrimiento, indefectiblemente, le acompaña la recompensa.

Solemos dar cosas por hecho. Muchas cosas. Casi todas. Estamos completamente seguros de lo que ocurrirá. Y de que merecerá la pena.

Tenemos asumido que, tras mucho esfuerzo, se consigue algo bueno. Invariablemente.

Pero no caemos en la cuenta de que esto no siempre es así. En ningún sitio se garantiza que las cosas sean así. También hay acontecimientos, hechos, accidentes. Ajenos a nosotros. Imprevistos. Letales.

Nunca pensamos en Andrew, Katrina, Chernobil, un tsunami, un terremoto haitiano o alguna oportunista guerra.

Tampoco hace falta llegar a tanto. Estos eventos pueden ser mucho más concretos. Tener nombre y apellidos.
Peor aún, puede que ni siquiera los haya. Entonces tampoco tendrás una triste razón que justifique nada. Puede que, simplemente, no ocurra lo que dabas por hecho que tenía que ocurrir.

Todo puede irse a la mierda, en medio segundo. Todo puede desaparecer. En ese preciso instante, toda tu vida puede diluirse sin remedio en la nada. No habrá recompensa.


¿Y si ocurre? ¿Tienes un plan B?