domingo, 24 de enero de 2010

Plan B

Desde siempre, desde pequeños, desde el principio, nos meten la idea en la cabeza de que todo saldrá bien. De una manera sutil, sibilina, imperceptible, subliminal. Pero inexorable en indeleble.

Si somos buenos (y todos lo somos) obtendremos la recompensa de turno: Por haber estudiado, tendremos un buen futuro; gracias al trabajo de toda una vida, tendremos un buen retiro.

Y así lo creemos, a pies juntillas.

Y nos dejamos la piel estudiando algo que ni nos gusta. Con mucho esfuerzo y sacrificio, al final, tenemos nuestra recompensa y nos dan un título, el que sea. Y lo guardamos y mostramos con el orgullo que implica lo sufrido. No por lo que el título en sí significa. Y empezamos a creer que es verdad, que el sistema funciona.

Luego llega el tiempo de seguir sufriendo por el ansiado trabajo. Prácticas interminables, becas esclavistas y trabajos rayanos en la ilegalidad. Y lo soportamos con entereza, pensando en el buen puesto que nos espera en pago de tantos trabajos.

Creemos la que física elemental, con su principio de acción y reacción, también rige en estos menesteres. Que a un sacrificio, un esfuerzo, un sufrimiento, indefectiblemente, le acompaña la recompensa.

Solemos dar cosas por hecho. Muchas cosas. Casi todas. Estamos completamente seguros de lo que ocurrirá. Y de que merecerá la pena.

Tenemos asumido que, tras mucho esfuerzo, se consigue algo bueno. Invariablemente.

Pero no caemos en la cuenta de que esto no siempre es así. En ningún sitio se garantiza que las cosas sean así. También hay acontecimientos, hechos, accidentes. Ajenos a nosotros. Imprevistos. Letales.

Nunca pensamos en Andrew, Katrina, Chernobil, un tsunami, un terremoto haitiano o alguna oportunista guerra.

Tampoco hace falta llegar a tanto. Estos eventos pueden ser mucho más concretos. Tener nombre y apellidos.
Peor aún, puede que ni siquiera los haya. Entonces tampoco tendrás una triste razón que justifique nada. Puede que, simplemente, no ocurra lo que dabas por hecho que tenía que ocurrir.

Todo puede irse a la mierda, en medio segundo. Todo puede desaparecer. En ese preciso instante, toda tu vida puede diluirse sin remedio en la nada. No habrá recompensa.


¿Y si ocurre? ¿Tienes un plan B?