sábado, 12 de junio de 2010

Qué puta es la vida

  Tengo un amigo.

  Es un tipo afable, bonachón, sincero, trabajador, honrado y amigo de sus amigos. Tiene debilidad por el tenis. Devora libros sin compasión y le encanta aprender cosas. No le gustan las medias tintas ni los problemas y camina por la vida tranquilo, a su aire, sin hacer daño a nadie.

  Le envuelve un acento que confunde a los necios, que no pasan de gazmoños trasnochados, que le dan por inculto o inferior. Craso error. Pero ese es su problema. De ellos.

  Pues este amigo mío tiene una mirada contagiosamente alegre e inexplicablemente llena de vida. Porque ya ha visto mucha muerte.

  Este buen hombre se ha pasado la vida encajando durísimos golpes. El más reciente hace unos días.
  En sus veintitantos años, ha enterrado a los más queridos de los suyos y, el consuelo que queda, es que quedan menos que enterrar. Menos golpes por venir.

  La mayor parte de estas bajas han sido crueles, dolorosas y, como todas, injustas. Sin tiempo para rehacerse entre ellas. Sin tregua.

  Ayer estuve más de sesenta kilómetros pensando en él, mientras venía a mi ciudad para verle y charlar un rato.

  No logro entender por qué la vida demuestra esta saña con él. Aunque suene a tópio, no se lo merece. Ni él ni muchos de los que se fueron.

  No es justo. En el sentido universal de justicia. Lo que tú y yo entendemos por justo. Bisoños conceptos religiosos, metafóricos, éticos o judiciales a parte.

  No puedo imaginar lo que debe haber sentido cuando todo hubo terminado. Cuando los amigos y familiares hayan vuelto a sus casas, con los suyos. Cuando la deshumanizada locura administrativa hubo terminado. Cuando él volviera a su casa.
  Ese instante en que cerró la puerta tras de sí, enfrentándose a solas con una enorme casa, otrora llena de los suyos, ahora vacía. El último acaba de irse.

  No es justo. De ninguna manera.

  Me lo imagino llorando, a solas por fuerza y a oscuras por gusto o quizá por necesidad.

  Hoy lo veré un rato, después de todo lo ocurrido. Quiero ver su mirada.

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091 - La vida qué mala es
Pachelbel - Canon para piano